martes, 5 de enero de 2021

A mí no me molestan los dioses mientras no vengan armados.


No me molestan los dioses mientras no vengan armados. Siempre y cuando su ira no esté plagada de justificaciones vanas que  sus fieles seguirán ciegos de fe en la redención. 

No me importa cómo luzcan, me preocupa que usen su apariencia como molde en el que muchos no cabremos jamás. 

No me desagradan los dioses con sus días y fiestas de guardar, me molesta que vuelvan profano todo aquello que las atraviesa, como si caminar la vida fuera pecado. 

No me molestan los dioses que adornan las paredes de las casas, me disgusta que habiten los corazones vacíos.  

No me incomodan los dioses inmateriales e inhumanos, me entristece que haya creyentes a su semejanza, sin una gota de humanidad. 

No me enfadan los ritos ni las ceremonias de esos dioses, me fastidia que sus hijos actúen como si hubiera un contrato para la existencia que además puede ser negado en vida o muerte.

No me enojan los portadores de su palabra, me enfada que la arreglen a su antojo y comodidad con la intención cara de afectar al enemigo.

No me asustan esos dioses justicieros que han de conmoverse de las desgracias humanas, más compasivos que los soldados que los usan como escudos en guerras sin ley.

No le temo a la ira de esos dioses ni a su mano opresora, pues no son ellos quienes usan las mismas cuentas con las que rezan para ahorcar a los infieles.

No me da miedo ofender a esos dioses con mi palabra, porque ellos están muy por encima de los códigos humanos que han sido vendidos ya al mejor postor.

No me molestan los dioses mientras no vengan armados. Me molesta más bien que los usen como arma  ridícula, de ridículo y enjuiciamiento.

martes, 25 de septiembre de 2018

Elegía.

Sé que entiendes,
sé que hubieras comprendido.
Eso de que las almas juntas no tienen respiro,
que hay que ir corriendo para alcanzar el destino,
porque la vida es corta y se acaba el camino.
Que te hayan encontrado bien la cuadra y tu apellido,
tu nación vieja, tus amores perdidos.
Sigue pintando árboles, cáctus y niños.
Nos vemos pronto, mi viajero querido.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Silencio.

Me asusta el silencio que acuna como madre mis temores,
pues en sus brazos recoge la hiedra de mis lágrimas secas
y en la oscuridad sacia su sed bebiendo de mis ojos.

¿Qué es sino mi propia sombra quien forja su perfil?
Aquella que dentro del espejo del cielo se busca,
y ante el espejo del agua se esconde.

Me aterra el silencio que se acuesta sobre el suelo,
llenándolo con su cuerpo de sábana mojada,
excitada ante la soledad de las grietas y los huecos irreprochables.

¿Qué busca sino el consuelo de la memoria ajena...?
Vendiéndole su figura de cariño desvalido,
para cambiarla  por un puñado de recuerdos.

Me intriga el silencio que araña las paredes;
que se cuelga de los cables por las noches,
jugando a ahorcarse como bailarina torpe.

¿Qué trae en su entraña sino el aliento perdido del difunto...?
El vapor escurrido de las ventanillas de los trenes,
esos que corren sin rumbo, sin destino y sin precedente.

Me duele el silencio que aguarda entre dos pieles,
que se extingue entre campanas dobladas,
para erguirse más tarde cubierto de tierra.

¡Qué prisa tiene de crecer...!
De nadar entre las aguas densas del olvido,
de besar a la aurora.

Me asusta el silencio que acuna como madre mis temores,
pues con sus senos alimenta mi esperanza
y en la oscuridad sacia su hambre tragándose mi fe.


viernes, 9 de septiembre de 2016

Espiga.

Aquí donde caí, dicen que creceré torcida.
La presa -quieta al verme- ha cambiado el curso del río.
Aunque la tierra fértil aguarda mi semilla, soy hija abandonada.
La mano del agricultor no acaricia mi tallo y el sol me quema suspendido bajo su lupa.
Me riega la lluvia, sin embargo; ciega me persigue como el viento y las aves me cantan aunque aún no dé sombra.
El día sigue su curso sin preguntarme nada. No pide nombre para alcanzarme.
En el anonimato que procede a su muerte; bajo el manto de su hermana, me vuelvo semejante.
He caído aquí, desnuda. Ignorando que había que cubrirse.
¡Tonta de mí por pensar que la naturaleza no se equivoca!
¡Tonto agricultor que -sintiéndose dueño de su mano trabajadora- niega la labor que corresponde!
¡Qué ingenuos somos...! Discutiendo bajo la mirada del Tiempo, ése que -de todas formas- nos ve igual a ambos.


martes, 12 de julio de 2016

Separador.



Como todo lector que se respete poseo gran número de separadores, la mayoría bien cuidados aunque perdidos en alguna parte. A pesar de esto o gracias a lo último, sigo separando las hojas de mis libros con envoltorios de chocolate que manchan las páginas de color café –que juro parece sangre seca- o propaganda de tiendas o boletos de camión. La verdad es que lo único que prueban esas manchas y hojas, además de mi gusto por comer chocolate, es mi carácter siempre desordenado. He tratado de cambiar ese aspecto de mi persona con cierto ahínco y fracasado con más ahínco aún. Dicho defecto ha afectado mi vida de forma regular, haciéndome perder cosas valiosas como cuentos, anillos de plata o tiempo. Hoy vino a mi mente el tema de los separadores mientras leía algunos artículos de Roberto Bolaño. Tomé un descanso de mi lectura –tropezada y siempre interrumpida- para tomar un café con mi hermana. (Carolina -Dios la bendiga- es casi la única persona a la que seguiría hasta la muerte si me lo pidiera amablemente.) El tema de los separadores acudió a mi mente al mirar sobre la barra de la cocina el libro con una hoja que promocionaba los “nuevos modelos de verano” de una boutique sobresaliendo de él. Nunca pude tomar el hábito de usar separadores propiamente dichos. La única vez que lo intenté fue por causa de un novio que me regaló un separador de plata y hueso tallado con motivo de mi cumpleaños. La relación con ese sujeto fracasó terriblemente, por lo que sobra decir que mis intentos de usar separadores también. Cada tanto me encuentro con el mentado separador, arrumbado siempre detrás de mi desastre, seguro en una caja de color azul; y cada tanto siento culpa de no usarlo y dejar que se manche con el tiempo, culpa que solamente se ve mermada por el grado de repulsión que siento al pensar en cómo un objeto tan bello puede mancharse no sólo de manera física sino también sentimental. Pero bueno, el punto es que no suelo usar separadores –costumbre que como cualquier otra puede cambiar de un momento a otro y sin aviso- no sólo de manera literal sino también metafórica. No soy de las personas que doblan un pedazo pequeño de algún capítulo de sus vidas para poder  leerlo cuando se sientan listas; soy más bien de los individuos que queman las hojas viejas o las tachan con furia -con enojo de ese que daña no sólo el capítulo sino todo el libro de forma irremediable- o que siguen escribiendo sobre las páginas del capítulo a menudo y siempre con la esperanza de que continúe en el punto en que fue dejado. Soy del blanco o negro, inevitablemente. No me gustan los hilos sueltos en una madeja. Como casi todas las personas desordenadas, me encuentro con la ironía de que presento rasgos obsesivo-compulsivos para algunas cosas;  así que de la misma manera en que hace tiempo no toleraba que los alimentos se tocaran entre sí al servirse, tampoco me gusta que el pasado se mezcle con el presente o lo que es lo mismo: no me gusta que exista un hilo suelto “por ahi”. Dicha manía ingenua e infantil se ha moderado poco a poco hasta convertirse en una especie de capricho y paradoja: las cosas más bonitas que he tenido en la vida son todas causas de un enorme separador que no pude evitar colocar, ya fuera por miedo o berrinche, pero separador al fin y al cabo. Como una especie de nivel que funciona según una intuición femenina o embrujada, la vida ha decido elegir por mí dónde colocar los puntos suspensivos y doblar la página por si acaso. Debo reconocer que soy como verdugo sin piedad con memoria de corto plazo: corto cabezas con hachazos firmes si considero que la falta a mi persona o apellido es imperdonable, tacharía nombres de agendas telefónicas sin aún existieran,  y rompo gente de fotografías; pero al tiempo me entra una nostalgia por el pedazo arrancado y sea que encuentre los pedazos o no, algo hago para reparar la foto aunque nunca vuelva a colocarla en el álbum. Como niño o perrito asustado de ser descubierto en la travesura, elijo colocar eso que  antaño fue tan odiado en alguna parte de mi mente o cajón con cierta vergüenza de que alguien lo encuentre. Pensándolo bien no sé si sea cuestión de falta de memoria, angustia por algún castigo divino o simple flojera pero lo cierto es que me he vuelto fodonga con el tiempo y últimamente termino tachando nombres al aventón y sin ganas porque así lo requieren las reglas de etiqueta y las normas hechas por las buenas consciencias y los buenos cristianos. Esos que separaron la historia, ya saben.

lunes, 27 de junio de 2016

Correr.

Humedécete, anda.
Llueve alegre, corre.
Ya no te encojas más.
Al placer libre, sagaz...
Cual siervo entrégate.
Sofócate, no temas.
Llora de alegría.

Sé flexible ante él
Que esclavo libera
Y amo -sin miedo- falla
Gustoso ante ella.
Cantarina que ríes,
Dime tú ¿cómo cantas...?
¿...a la caricia suya?

Acompaña el ritmo.
Uno, dos y tres. Silencio.
Llamarada, luz blanca.
Luz cálida, amarilla.
Temblor: Acude pronto.
Libera, libérate.
Rindámonos sublimes.

Ahora que sonríes,
Guiñe entre las telas
Mientras suspiras breve.
Que el reloj suene, sucio.
Déjalo empolvarse.
Él nos espía quieto.
Obediente testigo.

Tic-toc, susurra. Tic-toc.
Intenta callarnos.
Ignóralo sin pensar.
Mejor oye el latir.
El compás esculpido
Entre las dos pieles.
Duras y siempre lisas.

Entrelazadas bailan
Entre esa música.
Gimiendo aquel dolor,
Que no lastima nada.
Sangrando lluvia clara.
Brisa indivisible
Que no limita nadie.

Llénanos de rocío.
Hoy llama inocente
Al clima que añora
Su voz, su piel callosa.
Lo profundo, su sombra.
La línea marcada.
Su corazón, el tuyo.

miércoles, 15 de junio de 2016

Epitafio.

Ojalá no rompan tu nombre las penas,
que baste con esas cenizas que dejas.
Tú que te vas sin apellido ajeno
soltando al olvido tristes sonetos.

No llores niña, abandona el duelo.
Esas lágrimas las llora el infierno,
ahora que despide atormentado
esa alma, ese cuerpo enjaulado.

Mujer caprichosa, vete a corriendo.
El tiempo que espera a los enfermos
no detiene el paso apresurado
de aquellos que se fueron, amando tanto.

jueves, 9 de julio de 2015

"Cuerdas."

Corren tus manos cantarinas, entretenidas en las curvas de mi deseo.
Con un compás constante tus dedos me arrebatan notas agudas mientras una mano más lánguida aguarda expectante los sonidos que aquellos producen.
Tú permaneces tranquilo, escultor.
Enemistado con el silencio, lo enriqueces con ese vaivén tan gitano como pretencioso.
Oh, deliciosa caricia!
Pareciera ensueño mientras cierro los ojos, una vez y otra.
Sentada de espaldas sobre ti, recibo contenta el mensaje que depositas en mi vientre, soplándolo a través de mi cuello.
Observo la cálida luz que baña este encuentro, noche espesa de manto más nublado que ligero mientras escucho el tema con variaciones de amante núbil, ansioso y desesperado. 
Siento tus maneras torpes y tu respiración agitada, donde el contorno de mi intimidad se confunde con la curva de tu rodilla.
Envuelves mi ombligo con tus yemas arrancando el éxtasis de mis labios, apenas audible a través de la cobertura de otra mano más casta y menos experta.
Te adivino sonreír detrás de mi oreja, mover la cabeza al compás de los sonetos que aspiras de mis cabellos.
Rasgas mi garganta, arrancando suspiros enérgicos.
Me vuelves cielo, me conviertes en poesía.
Esta piel dura que tanto te anhela, canta para ti una música grave pero dulce como el despertar de una pasión bajo el viento susurrante.
Hombre despechado, atiende a mis súplicas. 
Recrea con tus dedos aquellos versos de tinta que yo permaneceré tiesa y erguida.
Quién viera tu expresión contraída, crispada, violenta; mientras me tocas, doliente de tu tango sensual.
Tragedia que escribes golpeando mi costado.
Cortejo de piel y vacío, huecos y riquezas.
Hombre y su guitarra.

lunes, 12 de enero de 2015

"Epístola".

Allá donde el río me lleva dormida, me despiertan laureles, acariciándome la frente.

Siento que llamas mi nombre entre la selva húmeda, pero mi mirada quieta no te escuchan vibrar entre el verde del follaje.

Te espero sedienta, sumergida en el cielo nocturno. Mi ajuar de luna y estrellas tintinea en el frío. Me he vuelto blanca de tanta tristeza y temo que al mirarme me desconozcas. Sé que cuando vuelvas, el sol entrará a mis mejillas y a mis ojos que andan enloquecidos, vueltos hacia adentro buscándote en mi corazón.

Grita mi nombre desde lejos para que los dioses suspiren y despejen las nubes del cielo hoy que me buscas en él, amor mío.

No desprecies la espera, porque únicamente el tiempo me llevará a ti; lo he visto pasar tantas veces que he comprendido que mis horas son distintas a las tuyas.

Ahora lloro, en busca de que el universo conmovido esculpa un río con mis lágrimas y te permita nadar hasta mí.

¿A dónde has ido? ¿Por qué te escondes la mano dentro de tu pecho? No te abandones a la desesperanza, que en aquel corazón tuyo que late, vive mi amor, incorruptible y expectante.

Allá donde me lleva el río lleva dormida; te espero hasta el día en que al cerrar los ojos, despiertes para siempre a mi lado.

Para siempre tuya, 

C. 

viernes, 3 de octubre de 2014

CIUDAD.




¿Ciudad, por qué atropellas al hombre cansado?
Lo retienes en tu seno aún cuando tus venas ya no corren igual.
Él debe aspirar el aire de tus pulmones viejos, compartir tu respiración.
Ciudad, ¿por qué estás cansada?
¿Ha sido el hombre mismo quien te ha acabado?
Aún cuando lloras, tus lágrimas sucias le asquean, no las comprende.
Dice que te caes sobre él, que te destruyes sola.
Se siente traicionado pues ya no le proteges.
Le haces sentir desnudo.
Desnuda, tú; sin nada más que el cielo que te cubra de las estrellas.
El sol también te quema, el aire te resfría.
¿Quién cuida de ti, ciudad mía?
Habremos olvidado acaso tu verdadero rostro, sepultado entre la suciedad de las calles.
¿En qué momento tu caricia se volvió trinchera?
Entre aquellas hostilidades, el hombre y tú se han vuelto enemigos.
No asfixies al hombre, ciudad.
Él confía en tí. 
Aguarda a tu amparo el paso del tiempo.
Tal vez necesites esperar tu también, abrigada por debajo las nubes.





sábado, 19 de julio de 2014

"Drop."

Since I came to work for “B.B.Utterflay” I became an expert in “Procesing data”, aka: reading emotions. When I was a kid, I never imagine a time where the essence of human being can be read like a prescription ready to be taken. Like for example, I never knew love can hold such hurtfull things. Now I know that everything conteins much more than the television and the novels had show us. The way we feel can be explain with just a drop: Finally we accept all the emotions that make our life the way it is, live in our heart, to be exact, in our blood. That’s the reason we feel it in our whole body. Since the truth is out, many have try to conquer a new kind of science, trying to change the way we feel. Now there’s a new industry: We became the first generation who sell emotions. When it came of putting a price on anything B.B.Utterflay -or B.B.U.- has the leadership.
                I work in the first floor whichs means I almost nobody but they need me for the process to work. What do I do? I heard  people.
Let me explain my job to you: Any day a person (not to be sexist, but mostly  women) came to see me ‘cause they have a problem. It means their emotions have reached a knew level of awkarness for the people around them; offten an explosion of rage or tears and they don’t have any idea how to stop it.
First of all, I make them sit on a chair, I give them a tissue and start to listen the sympthons they believe they have. In the meantime, I write notes on my notebook that I think can be helpfull for my work. Once they have finish I ask them for a sample of blood. Then I tell them to return the next day to receive the results.
                There’s a trick on this: The consultation is free. But, once they heard my explanation, they never leave without the “solution”. A fine but yet expensive robbery: a medicine that make all their problems disappear by changing the wall they feel. We give them 100 ml of patience or love for those who hurt them, a little of compassion for the boss who yell at them, a teaspoon of courage to confront the new changes, etc. I’m sort of therapist, sort of pharmacist, an actor, a magician. I read people hearts and use the information to develop a secret. Using the algorithms of a machine I can reveal the composition of one emotion. I doesn’t stop there. Now, I can reproduce the emotion in other person. 
                 We at B.B.U. can make a blind person feel the excitement of seen a rainbow. We can transform the chemistry in their brains if we want to. But we don’t. We sell our gift or hability to the highest bidder: The marketing, advertisements with the solution for those stress working people, or that depressed teenage boy who finally can get over his heart-break, people like this make B.B.U. rich. Apparently, all people need to believe there’s no price to get what they want or an any case, dont’ want to desire. People don’t wanna feel.
               It’s a great business, a gold mine, ‘cause we know for sure there won’t be people in the future who born without emotions. Or at least until the effects of our “secrets” changes the life as we know it.  Nothing is free, everything has a side effect. Even the good things. There’s a limited time whe can change an emotion until it became ours, it can’t be helped. That’s the part we haven’t solved. If this become a regular thing in the life of some people, soon we’ll have a world full of synthetic-hearted robots. A few months ago, I overheard a conversation in the laboratory; a man came to see our superior ‘cause every time he supposed to feel anxious, he can’t control his joy. At first, the superior laugh at his face, saying: Wha’ts the problem, then? The problem was, the man, incapable of expressed any kind of stress, urinated himself every time he feel that way, always accompanied by a feeling of joy. It was sad and pathetic at the same time. For the company, it was a risk. Never anyone should know about it. Even if someone know, they’ll tell him it was only a rumour. The truth was he had take the medicine for too long. There won’t be a cure. Poor guy. 
                Since I knew about him, I became obsses about controling my own emotions. A part of me wants to say goodbye to this job but another refuses. Don’t think wrong of me. I’m not the bad guy here. I’m just a tool in a complex mechanism. Sometimes I wonder where the hell I left my conscience but then I remmember: I don’t make people sign for anything, people want to do it, I just don’t say no to them. Am I fooling myself here? I know I’m guilty, but I can’t stand the weight of that reality. “Never say no to an oportunity”, my old man said. The question is, what kind of oportunity am I missing here? Should I be the hero or the villan? Maybe I need to take a taste of my own medicine. Literally. 
              “A drop can change everything” that’s the company slogan. A drop of blood, of feelings; a drop of life. My life. The  life that has become a complice in a crime against human nature. I said I was a magician before; how can I make these thoughts disappear? After a while you begin to forget the main is a complex machine. It can’t be explain in such short period of time. Life is all about proportion. Even when you ignore it. We should never forget life can't be explain with just a drop. It has to be more than that.

lunes, 11 de marzo de 2013

“Lado”.


¡Oh, amor! ¡Cómo aprendí a mirar de lado!
A voltear la vista de a poco hasta que mi cabeza girada se convirtió en señal para el viento.
Me enseñé a mirar de izquierda porque ya hacía tiempo mi boca muda había olvidado cómo hablarte y mi corazón cegado de nostalgia se había cambiado de lado también.
Ignoré lo que había delante de mí porque tus ojos callados siempre me ignoraban y hacía  mucho tiempo que mi mano no sentía el tacto de la tuya.
Lo único que me quedaba era un oído sediento de ti.
Aprendí a mirar de lado para no volverme sorda también .
Me formé en ese arte porque te extrañaba.
Miré de lado tantas veces sin escucharte latir, aunque inclinaba mi oreja hacia tu pecho.
Estuve de lado mucho tiempo sin escuchar un “te quiero”.
Aprendí a mirar de lado tanto, que mi cuerpo comenzó a girarse de aquella forma hasta darte la espalda. 

domingo, 6 de enero de 2013

"Claro".

Canta cielo mío,
que  el día se aclara en los ojos,
y yo estoy ciega de espera y  amor.
Hierve el silencio y hazme un té con su vapor.
Amargo por tus lágrimas,
suave ente, de ternura y dolor.
Canta, que mis oídos sollozando tu pena,
aún dormidos te escucharán,
puede que al amanecer se duerman,
cansados de llorar.
Canta con la garganta herida por el tiempo
que tu esperanza dormida dejó.
No oculten tus gritos, la dulzura de su canto,
la ternura de tu voz.
Arranca de alguna nube,
el pensamiento que el día alejó.
Al viento he tirado mi cariño,
a esa nube amarga que te  ha comido el corazón.
¿Te ha escurrido su gemido?
¿Es por eso que no cantas cielo mío?
¿Por aquella nube que oculta el sol?
Canta mi cielo,
porque más temprano que tarde,
el día claro ciega me dejó.

lunes, 16 de abril de 2012

"Sangre y Piedra".

Mi pecho, capullo de ansia porque vuelvas,
seques heridas de mi lucha quieta.
Conviertan tus dedos en sonrisa mi mustia mueca.
Insatisfacción, fantasma en nación ajena.
Sombría espiral de hastío y vergüenza.
Grita su nombre tu mirada hambrienta.
¿Es su nombre o el tuyo?
Ya dudo  tu existencia.
Te has esfumado en sueños, gaviota viajera.
Te has vuelto noche, sol oculto de gozo compartido, de añoranza serena.
Vuelve.
Temo olvidarte, mezclarte con memorias traicioneras.
Entre el ruido, es tu garganta  compañía pasajera.
¿Qué decir de tus sonrisas, tus palabras zalameras? 
¿Te has vuelto él?
Mis ojos no gritan mudos de llorarte, piedra.
A tu corazón marchito mi calidez no llega. 
¿Qué envenena tus raíces?
Paciente la crueldad, amor de primitiva manera.
Si el que ama, odia y el que odia, desprecia...
¿Acaso no alcanza para mí tu ira ciega?
Esclavo eres, encerrado cualquiera.
Bufón mi cariño, llave lastimera.
Aunque viva encerrada dentro de tu celda,
no existe llave para la herida abierta.
Si fueras agua, correrías por mis mejillas,
si fueras aire, cortarías mi garganta.
Pero eres tierra que detiene, 
como ancla al piso mi marcha.
Retoma tu camino como raudal de lágrimas,
abraza la derrota en tu conciencia clavada.
Cae de rodillas.
Con las mías no basta, áridas y secas en tierra extraña.
Lleva a tu rostro sucio tus manos ensangrentadas.
Más mías que tuyas, más rojas y amargas.
De tímpanos heridos por tus palabras.
Vuelve pronto.
 piedra, yo esclava.

jueves, 12 de abril de 2012

"Juguete".

Despertó. El golpe sordo que sonó en la habitación había interrumpido lo que parecía un sueño inquieto. Abrió los ojos pensando que el sonido provenía de su cabeza, residuo de la pesadilla que estaba teniendo;  pero una vez despierta se repitió con la misma intensidad.
-Si aquel sonido, alojado en mi sueño se repitiera, ¿no sería el eco del primero? -se dijo. Sin embargo el sonido persistía, si es posible más fuerte. Retumbaba en sus oídos y vibraba en su caja torácica como un golpe rápido de mediana magnitud.
Lo único consistente del sonido era la distancia. Ya fuera por un efecto acústico o por alguna otra razón, el sonido parecía rebotar justo al lado de su cama, como si una pelota de hule fuera lanzada hacia el muro una y otra vez cada lapso de tiempo. Esperó hasta que el próximo golpe se produjo para seguir su trayectoria imaginaria. Giró su cabeza hacia su lado derecho y una vez que terminó, siguió pensando en la pelota de hule que parecía terminar su recorrido a la altura de los pies de su cama. Adormilada en un estado de semiinconsciencia, el sonido no terminaba de cobrar ningún sentido; no era lógico ni absurdo, era simplemente un ruido molesto que captaba su atención. Sus oídos más despiertos que sus ojos procesaban el sonido de forma mecánica pero su mente no terminaba de entenderlo del todo. No tenía  importancia qué  producía el sonido, de dónde venía o porque parecía detenerse a su lado. Lo único que importaba era el tiempo que tardaba en hacerlo. La forma en que el silencio antes del siguiente golpe se estiraba o alargaba como una cuerda floja esperando tensarse. ¿Quién estiraba la cuerda? Se sentía como un minúsculo organismo en una caja de Petri. Observada. Sus reacciones parecían  parte de un experimento social visto desde un punto superior a su cabeza. Se sintió atrapada en una paranoia de reacciones predecibles, como simple rata de laboratorio colocada dentro de un laberinto de un solo camino. Un simple sonido la había despertado y conservado en una especie de encantamiento que la mantenía sumergida en una conciencia nebulosa. Su cuerpo se encontraba preso por las sábanas de color azul de su cama, las cuales habían adquirido un peso excesivo. Cada una de las arrugas parecía llenar su propio vacío con esferas de oxígeno que se volvían cada vez más grandes,  de forma que sus piernas quedaban atrapadas entre la capa de arrugas y el peso de sus brazos.  Su espalda recargada en la almohada no tenía más peso que el de haberse vuelto el tambor de una mano ajena;  pero su cabeza, cansada de oír el mismo sonido había cobrado mayor tamaño. Las venas de su sien habían aumentado su volumen, como si su sangre, incapaz de circular por sus miembros entumecidos, se dirigiera de forma rápida a la parte superior de su cabeza y no encontrara salida por ninguna otra parte. Sus ojos parpadeaban siguiendo el sonido de los golpes, como esperando su señal. A medida que aguardaban el siguiente,  cobraban la cualidad de celadores viejos, reaccionando de forma inmediata a cualquier sonido o movimiento. La secuencia se había vuelto su música y sus ojos -bailarines principiantes-, iban adquiriendo experiencia para seguirla. Máquina sincronizada de reacciones sutiles, su cuerpo era controlado a distancia. Una señal a un radio de kilómetros o años luz, accionaba el botón que dirigía su cuerpo, marcaba el recorrido de su sangre a través de sus venas flacas y el ritmo de sus latidos y parpadeos. Quizás no era más que un reflejo, una mirada a través del espejo que se encontraba delante de ella. Detrás de aquel artilugio traicionero que la miraba todos los días, un niño jugaba con ella tratando de hacer que atrapara su pelota de hule. Pero ella - colocada en su punto ciego- era incapaz de verla o alcanzarla, mucho menos devolverla; así que el niño repetía la acción una y otra vez, esperando que la siguiente pelota fuera por fin atrapada. Y ella, presa de sus piernas, no podía alcanzarla. Era un juego desigual. Simple, pero desigual. El niño del espejo jugaba con su cabeza y ella no podía evitarlo. Se conformaba con seguir la jugarreta aunque no le encontraba ninguna gracia. El pequeño la tenía controlada. Y ella aceptaba el hecho con una indiferencia floja, con una determinación casi inexistente. No pretendía siquiera levantarse o no podía hacerlo, pendiente del siguiente sonido como un cachorro al silbido de su dueño. Tratar de desafiar al hecho sería locura y la locura no encaja en el mundo. No, no en su mundo. Su mundo está compuesto de cosas medibles. La locura no puede medirse, no es real. Y cualquier cosa que la implique es inexistente. Si tratara por ejemplo de parpadear antes de tiempo, las leyes naturales de la lógica se lo impedirían. La dejarían ciega. El levantarse de la cama no tiene lógica, porque lejos de ella no podría escuchar los golpes. Sin ellos, dejaría de parpadear, sin parpadeos su corazón se pararía. Y entonces ella tendría que permanecer detenida en el lugar donde sus latidos culminaron. Como un reloj descompuesto, esperando que alguien le de cuerda. No puede hacerlo. Debe continuar esperando, aunque sus ojos se sequen no puede parpadear a destiempo. Eso la mataría. O al menos la pararía, y Dios sabe que no puede parar. Debe seguir escuchando, atenta a los golpes de la pelota de hule. Víctima de la cuerda que se estira y  afloja a placer de quién la maneja. Si la ignora puede que no despierte del todo, que quede varada en el mundo nebuloso. Sin parpadear. Cautiva de su propio cuerpo. Es mejor seguir escuchando. Escuchar no daña a nadie. No cuesta nada. Escuchar libera y ella tiene ganas de huir, de dejar el espacio delante del espejo, de cambiar de lugar. Quiere abrir los ojos. Quiere dejar de soñar despierta. Todo lo demás sería una locura. Y la locura no existe.






domingo, 8 de abril de 2012

"Ventana"

Hoy no pude más que sentirme identificada con el pensamiento de una persona que aunque desde muy lejos, dejó un profundo impacto en mí.  La frase versaba sobre dos creencias populares muy bien conocidas: Una vez que una cosa mala pasa, todos los eventos negativos de tu vida parecen surgir de una forma cruel  y después de un gran evento negativo, comienzan a pasarte cosas buenas, como si la felicidad tocara tu puerta. El texto hacía mofa de la frase diciendo que ya que ella vivía en un edificio, esperaba que alguien tocara por el intercomunicador ya que sin la contraseña es imposible subir más alto. ¿Será esa la verdad detrás de todas nuestras esperanzas rotas? No veo otra opción, no creo ser la única que piense que todo el tiempo las oportunidades nos pasan de largo porque desconocen la contraseña adecuada y les es imposible subir a tocar nuestra puerta. La verdadera pregunta es: ¿Nosotros la conocemos? Si es así, ¿qué  nos mantiene cautivos dentro, detrás de aquella puerta que nos separa del mundo exterior? Conocemos la forma de salir pero al mismo tiempo somos nuestros propios captores, nadie va a venir a sacarnos, nadie puede, sólo nosotros. Lo curioso es que la puerta no es la única salida. Existe una ventana. Para cada uno de nosotros la ventana es distinta, difiere tanto en forma como en tamaño. Creo que la mía tiene forma arabesca y le entra mucha luz. No sé cómo sea la ventana de las demás personas pero apuesto a que existe.

sábado, 7 de enero de 2012

"Cristal".

Como un gusto amargo que pasó por su boca, el miedo se anidó en su garganta taladrándole la traquea y bloqueando el paso de aire a sus pulmones. Su cuerpo, convertido ahora en una imagen petrificada de sí misma pareció perder el sentido de orientación, como si todo a su alrededor se moviera demasiado rápido. Apretó los ojos horrorizada mientras su mano temblaba. La sangre corría desde su labio inferior hasta su barbilla y brotaba de una herida aún abierta provocada por sus propios dientes. Lo único que sentía era el contacto frío del metal entre sus dedos. En un arranque de locura pensó que esa imagen la mantendría cuerda, todo estaría bien mientras no volteara hacia un lado. No debía mirar, sin importar cuánto lo deseara. El recuerdo fugaz de una sonrisa le golpeó el pecho tan fuerte que sintió náuseas. Le había dicho que no parara, le había pedido, suplicado, que siguiera y en respuesta él le había sonreído con ternura casi como apiadándose de su miedo infantil. En ese momento se había sentido ridícula, él tenía razón, no iba a pasar nada, sólo tomaría unos minutos. Recordó el tacto de su mano caliente cuando la había tomado jalándola hacia ella mientras insistía. La yema de sus dedos era áspera, pero el resto era suave. Clavó las uñas en su pierna como tratando de impedir que su mano buscara su calor mientras se obligaba a mantener la mirada fija en el picaporte de la puerta. De pronto comenzó a recordar y se sintió estúpida. ¿Por qué no le había dicho? Aún cuando él le había preguntado, ella había respondido que nada pasaba. ¿Por qué no le había dicho que tenía miedo? Recordó el cosquilleo que sintió en la nuca cuando escuchó el chillido de la llanta. Las mejillas le ardían. Sentada en el asiento del carro, cobijada por el silencio parecía escuchar el camino que recorrían sus lágrimas, como si aquellas fueran esferas pesadas. Levantó un poco la vista. Nada, sólo oscuridad. Un tinte negro se extendía en el horizonte entre oleadas de viento. Sin poder resistirlo más; volteó. Su mirada caminó lentamente por el cuerpo que se encontraba a su lado. Su perfil se distinguía apenas en la oscuridad. Su silueta -más sombra que hombre- componía un cuadro perfecto con el cristal de la ventana. Un halo de luz que parecía salir de la nada caía como un hilo delgado sobre él. Su mano permanecía intacta sujeta al volante, como ajena a la condición de su dueño. Su mirada fija hacia el frente parecía congelada en el tiempo como perdida en pensamientos que ella desconocía. ¡Todo parecía tan irreal! Todo. Desde el silencio hasta su pose perfecta tenían un deje siniestro. Como si no fuera posible, como si aquello fuera antinatural o enfermizo. Hasta que su  mirada se dirigió  hacia su cuello. Una vez que observó casi oculto por su cabello un agujero pequeño y oscuro del que brotaba un camino de sangre seca. El montón desordenado de cristales sobre su regazo. Todo el cuadro cobró sentido de repente. Le había dicho que parara, le había suplicado que parara. ¿Por  qué no le había dicho que sentía miedo? ¿Por qué? Porque el miedo que sentía era hacia sí misma. Hacia lo que era capaz de hacer.

jueves, 5 de enero de 2012

"Un Golpeteo en la Frente".

Sin importar quiénes seamos, el tiempo que tengamos como habitantes de esta Tierra cual viajeros o visitantes temporales, hayamos decidido permanecer o seamos esclavos de circunstancias que nos atan; existen momentos que nos devuelven la conciencia del valor que estamos obligados a conferirle a nuestra vida. Nos brindan un tipo de certeza quizás extraña pero genuina, una sensación casi olvidada que en cuanto regresa es imposible de ignorar. Caminamos como autómatas, queriendo permanecer en la sombra, pero deseando en el fondo ser vistos por los demás con un poco más de luz. Ser descubiertos en las calles o  en los rincones solitarios donde hemos elegido anidar. No son otros los que nos ignoran o desmerecen, somos nosotros mismos. No es la vida la que nos castiga, elegimos el grosor del látigo que nos  golpea día a día. Como muestra de cobardía o simple ignorancia autoelegida de nuestra condición de verdugos, colocamos la capucha de asesinos de sueños en rostros familiares ya sea por el dolor que han provocado o -irónicamente- el cariño que han ofrecido. Hoy quiero dedicar un momento a aquellos que por efecto del destino no han tenido más opción que aceptarse como dueños de su vida, de sus decisiones, de su alegría o desgracia. Aquellos que han madurado sin pretenderlo de una manera tan rápida que nos parece cruel. Para ser sincera, no siento ni pena ni lástima por ellos, siento admiración. Ellos han logrado enriquecer su alma de una forma que algunos aún no somos capaces de comprender. Han aprendido a ser felices. Ser felices con lo que pueden, con lo que encuentran, con lo que descubren, con lo que pierden. Se han vuelto amigos de sí mismos, se han reconciliado con su corazón. Ojalá un día pueda ser como ellos. He aceptado que mi vida -aunque minúscula parte de esta tormenta tan grande-- tiene importancia en el curso del mismo viento que la dirige.
Hoy he comprendido que la vida es fácil aunque fácil sea una palabra muy difícil de aceptar.